Era la mañana de la fotografía. De aquella fotografía que iba a quedar en el anuario, esa imagen que años más tarde veríamos y veríamos. No en vano todos los alumnos lucían relucientes, con sus zapatos bien lustrados, sus pantalones y camisas impecables (cuando no, alguna amarillenta), la corbata granate que solo podían usar los de último año y la chompa con la insignia del colegio. Mis zapatillas y un polo blanco que sobrepasaba mis codos rompían aquel panorama.
Digamos que tampoco me esforcé mucho por ir ciertamente formal (por supuesto, habló de la insólita formalidad colegial). Era diciembre, para qué demonios iba a ir con camisa y pantalones. Total, igual me tenían que tomar la foto. No era una excusa, era pura intuición. Pero, el ensimismado auxiliar (que hace muy poco vi deambulando cerca de un colegio sanisidrino) me dijo que tenía que regresar a casa y regresar con uniforme. Yo únicamente solté un WTF.
Al cruzar el umbral del colegio, me abatió el aburrimiento. Mandé a la mierda al auxiliar, el viaje de promo, la fiesta de graduación y los putos llaveros que tenía que vender y que nunca hice. Era el momento oportuno para hacer lo que siempre había querido hacer y que la disciplina inoportuna de mis tutores y de mis viejos me lo impedían. Solo quería caminar y caminar como dos años antes con mi inolvidable amigo, Caballón.
Lo cierto es que en esta ocasión Caballón no estaba a mi lado. Que habrá sido del buen Caballón, creo que recibí una llamada cuando estuve en cuarto, pero ahí nomás, perdimos contacto. Así que tuve que hacerlo solito. Enrumbé hacia el puente Santa Rosa (qué valiente era en ese tiempo), luego la avenida Tacna, y como ya conocía la zona, me metí a un desaparecido Play en una galería de esta esmogeada (sorry, RAE, por el exabrupto) avenida.
Tal vez fue Tekken o King of Fighters. La cosa es que la pasé de la PM jugando. Seguro en aquellos precisos momentos, Rulo y Peter estaban alizándose sus cabellos para salir en la foto. Fue un Play por una foto. Ahora que reviso el anuario, me doy cuenta que nadie de mis compañeros de colegio recordarán mi rostro. Lo único que me reconforta es que el Mudo tampoco estuvo ese día.
Hay momentos en la vida que se vuelven únicos. Casos y cosas que cambian nuestras vidas. Ya, dirás que esto es un cojudez melancólica, puede ser, pero quien no ha tenido sus cinco minutos de estupidez. Ya no tendré una segunda graduación, ni otro viaje de promo, así que me contentaré con pegar mi foto en el anuario.